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Miércoles, 27 Abril 2011 21:19

Me sentía vacía cuando me iba del casino

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Hasta que tocó fondo, María Eugenia se dio cuenta de su enfermedad. Por poco y pierde todo

El tiempo no pasaba”, comenta con evidente desasosiego María Eugenia Ramírez. “No podía concentrarme en mi trabajo, todos los días me levantaba con la intención de sacar de mi vida esta adicción que no me permitía ser la misma que antes”, sentencia Mago, antes de voltear al piso como buscando explicaciones a una herida que todavía no sana. Después, encuentra fuerza en lo más profundo de su pecho para decir: “La dependencia al juego, me carcomía poco a poco… podía abrir los ojos como el hombre más arrepentido y cerrarlos enamorado de mi vida; así es una adicción, te hace la vida muy dura”.

 

Casos como el de María Eugenia se han hecho comunes en una ciudad como Guadalajara, que ha multiplicado exponencialmente su oferta de casinos en un lapso corto. “Yo iba al casino entre dos y tres veces al día, encontraba huecos en mi día para fugarme; rara vez tenía un día normal, no respetaba horarios ni compromisos de ningún tipo”, explica la mujer de 36 años, separada de su esposo Julián, que le rogó atención médica especializada tras meses de problemas continuos y enfrentamientos cotidianos. “Mi esposo siempre estuvo conmigo, aguantó mis mentiras y me demostró que su amor es a prueba de todo”.

María Eugenia relata con asombrosa claridad sus primeros síntomas que la arrastraron a caer en la ludopatía o adicción al juego. “¿Cómo supe que tenía problemas serios? Llevaba más de siete meses yendo a diario a jugar y un señor que trabaja en el casino que habituaba, se acercó y me recomendó que me fuera a descansar; me enojé al grado de estallar y darme cuenta que estaba sola, sin esposo y medio trabajaba”.

La señora Ramírez es educadora en una escuela secundaria; sin embargo, ni su oficio que tanto amaba le daba la fuerza para salir de la difícil situación en que había caído en los últimos meses. “Me encantaba dar clases, pero en medio de todo, ya ni calificaba los exámenes, todo me resultaba insuficiente, me sentía muy vacía cuando me iba del casino, el ruido y las maquinas me hacían feliz, por un rato aunque sea”.

“Me encantaba dar clases, pero ya ni calificaba los exámenes. Todo era insuficiente… me sentía vacía”

María Eugenia Ramírez, ludópata en tratamiento.

Según expertos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la ludopatía es un trastorno del comportamiento ligado al juego de apuestas y de azar que se hace tangible cuando se recurre a él, cuando menos dos veces por semana. Aunque para Mago, la frecuencia con la que asistía al casino no es el problema sino las cosas que dejaba de hacer por estar encerrada en el casino. “No tengo hijos, pero aún así tengo muchas responsabilidades, una de ellas hacer de comer para mi marido y para mí, pagar cada mes; todo se me olvidaba, sólo de acordarme me apeno mucho”.

Y cuando el laberinto parecía acentuarse, cuando las salidas eran espacios borrosos y la lejanía con sus seres queridos se acrecentaba, María Eugenia decidió abandonar su orgullo y pedir ayuda. “No me quedó de otra que darle el beneficio de la duda a mis familiares, que me decían que no estaba bien. Yo sospechaba que algo andaba mal, pero siempre pensé que podía salir solita; las primeras semanas en la clínica fueron durísimas, me sentía como una apestada social, pero cuando pasaron dos meses, entendí todo lo que me había pasado y me di cuenta que por mi personalidad aprehensiva siempre voy a correr el riesgo de caer en adicciones relacionadas al juego y a la diversión”.

En la actualidad, aunque no hay bases de datos confiables, la Secretaría de Salud a nivel federal considera que la cifra de ludópatas está por encima de los dos millones, y prevé que la cifra siga creciendo en los años venideros.

“Cuando pasaron dos meses en la clínica, me di cuenta que, por mi personalidad aprehensiva, siempre voy a correr el riesgo de caer en adicciones relacionadas al juego y a la diversión”

María Eugenia Ramírez, ludópata en tratamiento.


¡Quieren ser millonarios!

Hasta el amanecer

Sábado por la noche. El calor del día ha desaparecido. Algunas personas llegan con suéter, chamarra o chales, pero no por el viento que hace en la calle sino porque adentro del casino ubicado en la Avenida Ávila Camacho, el aire acondicionado es intenso.

Allí juega Ramón en una máquina al lado de su hijo. A diferencia de su esposa, a ellos no les importa el frío. Esperan que las imágenes que aparecen en la pantalla coincidan en líneas verticales u horizontales, cada vez que aprietan el botón “tirar” o “jugar” para que su crédito aumente.

La pantalla indica que llevan ganados  seis mil 230 créditos, lo equivalente a 623 pesos. Pero tal parece que el azar, o la suerte, como él le llama, no están de su lado. Después de 20 minutos perdió 43 pesos, pero asegura que pronto los recuperará.

A los casinos acude todo tipo de personas. Hombres y mujeres de todas las edades, mayores de 18 años. Algunas visten sandalias, otras usan tenis, botas o zapatos con tacón; pantalones de vestir, de mezclilla, faldas, vestidos o pants. Algunos toman bebidas alcohólicas como tequila, whisky, coñac, mientras otros tantos se limitan a tomar refresco o agua embotellada que regalan. Mientras unos comen cacahuates otros pagan por pizzas, un buffet o algún platillo a la carta.

A Julio lo observan los amigos de su esposa porque ven que sus créditos también aumentan. No ha dejado de ganar en las últimas ocho tiradas. Empezaron a jugar al mismo tiempo con una tarjeta a la que le depositaron 100 pesos, pero sus amigos ya los perdieron.

El secreto para no perder

Un joven se acerca a Julio para enterarse por qué las personas que lo acompañan hacen tanto escándalo. Él quiere saber cuál es el secreto para no perder. Le pregunta qué si se tiene que ser cliente frecuente para ganar más seguido. Julio le responde que él no es asiduo a los casinos. “Yo sólo vine a acompañar a mi esposa. No me gusta venir, pero ya voy ganando. Una vez aposté 500 pesos y me llevé 12 mil”.

Las noches de “sábado apantallante” atrajeron a Gustavo, de 34 años, y a sus papás a un casino de la Avenida Américas, en la zona financiera. A las 23:30 horas se sientan frente a una máquina e introducen una tarjeta a la que le depositaron 200 pesos. Su mamá escoge un juego y empiezan a ganar créditos, pero también a perder.

A la una de la mañana Gustavo y su mamá participan, con otros cinco jugadores, en el sorteo de una televisión de plasma de 42 pulgadas. Todos escogen una llave para abrir una caja con la esperanza de sacar un papel que tiene escrita la palabra “pantalla”.

Gustavo es el primero en girar su llave, mete la mano y saca el papel ganador. Grita de la emoción. No lo puede creer. Su madre lo besa y lo abraza. “Ya ves mijo’, todo se acomodó.  Le pedí a Dios para que tuvieras suerte”, se escuchó.

Los jugadores concentrados alrededor de los participantes para presenciar el sorteo, se admiran del hecho. Todos se miran unos a otros con asombro. Algunos se dicen frases como: “Ya ves, le hubieras entrado. La próxima será mía. Ni modo, esta vez no tuvimos suerte”.

Los premios adicionales al dinero que se acumula por jugar en las máquinas varían en cada casino. En algunos se puede ganar desde una recarga de 300 pesos de la tarjeta con la que el usuario juega, un ipad, dinero en efectivo, hasta un auto, un crucero por el Caribe o un viaje a Disneyland, entre otros. Lo único que hace falta que rifen estos centros de diversión es un viaje a la ciudad de Las Vegas, donde se puede escoger entre más de mil 700 casinos para jugar.

Aunque en los tres casinos visitados en una noche se constató que el principal público es de adultos mayores de 30 años y personas de la tercera edad, sobre todo mujeres,  esos centros de diversión también son frecuentados por jóvenes.

Desmadrugados

En el casino de la zona financiera, en Avenida Américas, siete jóvenes rodean la mesa de la ruleta. Escogen números que aparecen en su pantalla, pueden ser dos, cuatro, ocho o hasta 10, dependen los créditos que quieren gastar. La ruleta gira, la bola da varias vueltas. Cae en el número 22 negro, el que habían elegido Manuel y Antonio. Su pantalla se ilumina. Apuestan otra vez, “la última y nos vamos”, dice Antonio.

El reloj marca las 5:30 horas. 65 personas juegan en un casino ubicado en López Mateos, 42 mujeres y 23 hombres. No se sabe con precisión cuánto tiempo llevan frente a las máquinas. Un mesero revela que algunos están desde la noche del día anterior. Otros llegaron apenas hace unos minutos, vestidos con ropa deportiva, con la cara fresca y no agotada como las de muchos otros usuarios.

La mayoría de los jugadores desmadrugados son mujeres, como Katalina, quien pide a una mesera un café para poder seguir despierta, para jugar hasta que pase el primer camión para poder regresar a su casa.

Algunas señoras cargan su amuleto de la suerte, que puede ser un dije con un Cristo o una Virgen, un brazalete, un anillo o la imagen de algún santo en su cartera o en la palma de su mano, hasta un paliacate rojo que amarran en su cabeza.

Katalina tiene la esperanza de seguir ganando. Soba la pantalla, la toca, le habla, cierra los ojos mientras se detienen las figuras, los abre y se da cuenta que volvió a perder. Llegó el sábado las 10:30 de anoche, en la última vuelta de la ruta 629. Regresará en el mismo camión, bajo los primeros rayos del sol del domingo.

“El juego de la vida” 

Jugó ochos años en los casinos de la ciudad. Roberto vio cómo en la metrópoli crecía el número de este tipo de establecimientos. Reconoce que durante tres años no pudo controlar su manera de jugar hasta que se convirtió en una adicción, en un impulso que se apoderó de él, hasta que un día decidió cambiar su vida. En marzo de 2010 fue el primer tapatío en dejar el Centro Samadhi, la única clínica de rehabilitación en el país para jugadores compulsivos, también conocidos clínicamente como ludópatas.

Roberto ya tiene más de un año que no pisa un casino. Expone que la ludopatía es una enfermedad de la que no se podrá curar por completo. Aunque trabaja contra sus impulsos para poderla controlarla, “yo voy hacer adicto al juego toda mi vida y voy a morir con eso, pero lo puedo controlar. Sí se puede, yo lo logré”.

Todo empezó como una diversión. Iba a jugar a un casino de un centro comercial de Avenida Vallarta. En ese entonces tenía un trabajo estable y no estaba casado, los gastos eran pocos. Dice que en los casinos en ocasiones se gana, pero se pierde siempre. “Los ludópatas tenemos el sueño de que la máquina esté arreglada para que uno gane”.

Comenta que el jugar era un escaparate a sus problemas. El dinero que ganaba lo volvía a perder. Siempre quería más. Reconoce que le gustaba conseguir el dinero de manera fácil. “En vez de trabajar yo me iba al casino a sacar lana”. Aclara que para él los casinos no deben ser estigmatizados como un lugar donde pasan cosas malas, sino que se debe de entender que hay gente que no sabe controlar sus impulsos.

Roberto se sentía apenado con sus familiares y amigos cada vez que les mentía con el afán de conseguir dinero para ir a jugar. “Un día le dije a mi esposa que me iba de viaje tres días. En la chamba dije que me iba a una boda y que yo era padrino, conseguí 10 mil pesos y con eso me fui al casino tres días”.

Una noche Roberto jugó durante 15 horas continuas. A las 22:00 horas llegó con mil doscientos pesos a un casino de la Avenida López Mateos. A  la media noche ya había ganado cuatro mil pesos. No paró de jugar. A las ocho de la mañana del siguiente día perdió todo lo que había ganado. Pero él estaba dispuesto a seguir. No podía parar. Traía otros mil pesos en su cartera que le sirvieron para seguir jugando hasta las 13:00 horas.

El proceso para reconocer que él era responsable  de su enfermedad y que necesitaba pedir ayuda lo califica como doloroso  y  difícil. Para él lo ideal sería que en los casinos hubiera suficiente información disponible que advirtiera a los clientes sobre la ludopatía y sus consecuencias.

Roberto está dispuesto a ayudar a cualquier persona que pasa el mismo el problema que él atravesó. Si usted necesita ayuda puede comunicarse con él al teléfono celular 33.35.78.92.18 o visitar el sitio de internet del Centro Samadhi: www.centrosamadhi.org.

“Un día mentí a mi esposa y en el trabajo; conseguí 10 mil pesos, duré tres días en el casino y salí sin nada”

Roberto, en proceso de rehabilitación.

Afectaciones en la economía familiar

Opinión de especialista

Aunque los casinos generan empleos y pagan impuestos, por otro lado pueden afectar la economía de los usuarios, argumenta el investigador del Departamento de Métodos Cuantitativos del Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas (CUCEA), Héctor Luis del Toro Chávez.

“Los casinos tienen que verse como un negocio que puede traer beneficios económicos a los inversionistas en ese sentido, en una ciudad importante con un área metropolitana importante que se pone a la altura de otras en términos de crecimiento, pero la población que no percibe ingresos muy fuertes se puede ver afectada por éstos.

“Puede ser un factor de gastos que no están considerados dentro de la economía familiar. Hay experiencias de gente que prácticamente se queda sin nada o compromete recursos que no tienen con la esperanza de obtener un beneficio monetario, que es la función principal de este tipo de negocios”.

Nota que los casinos, que primero se establecieron en partes de la ciudad de clase económica alta, ahora se encuentran en zonas de todos los estratos socioeconómicos, lo que pude afectar a la población de menos recursos.

A raíz de la reforma hacendaria aprobada el año pasado, todos los giros relacionados con los juegos y sorteos se vieron incrementados en su contribución tributaria, lo que beneficia de forma importante las arcas de los municipios donde éstos se asientan, comenta por otro lado el experto.

“Es obvio pensar que en esos lugares trabajan un buen número de empleados, desde los administradores, contadores, meseros, prestadores de servicio. Y esto es una razón suficiente para argumentar que el beneficio económico que reditúan es considerable”.

Estima que el número de casinos se seguirá incrementando y que luego la tendencia se mantendrá  estable.

Hay experiencias de gente que prácticamente se queda sin nada, o compromete recursos que no tiene con la esperanza de obtener un beneficio monetario

Héctor Luis del Toro Chávez, especialista del CUCEA.

Fuente: cronicadesociales.org

Last modified on Martes, 18 Septiembre 2012 10:02